Pedrote se puso a cantar. Se arrancó con un fandango acompañándose de las palmas. Tenía una voz bronca. Cuando acabó, siguió jaleándose. Cantó un segundo fandango y luego otro. Entre copla y copla repetía: “¡Ole! ¡ole!”.
Comprobamos que sabía muchas letras y, a juzgar por lo animado que estaba, parecía dispuesto a agotar su repertorio. A pesar de su buena voluntad Pedrote desafinaba con frecuencia. Al principio se lo perdonamos porque nos sorprendió con su faceta de cantaor. Incluso lo incitamos a que continuara. A Pedrote, por cierto, no hacía falta que le rogaran para que prodigase su arte.
Dado el empeño que ponía calculé que Pedrote se cansaría pronto, si antes no se quedaba afónico. Pero tenía cuerda para rato. Con las venas del cuello hinchadas y rojo como la grana, se balanceaba con los brazos encogidos hasta que conseguía romper y entonaba un nuevo fandango.
En una…
Ver la entrada original 382 palabras más

