Serían las once de la noche. Habíamos estado bebiendo lo justo para ponernos alegres. Alguien propuso que fuésemos a bailar. Pero había un pequeño problema. Disponíamos de tres coches y éramos cerca de veinte personas.
La discoteca estaba lejos, así que la posibilidad de que algunos fueran andando se descartó. No había más que una solución: repartirnos como pudiéramos en los tres vehículos.
Salimos del bar cantando y riendo. Pese a estar a finales de febrero la atmósfera era tibia.
“¿Cómo nos las arreglamos?” preguntó Inma engurruñendo sus ojillos. “Ya veremos, no te preocupes” respondió un joven espigado que estaba junto a ella. “Ya veremos no. En mi coche sólo hay sitio para cinco”.
Araceli intervino: “En el mío pueden ir cuatro detrás y tres delante. En el de Ignacio y en el tuyo tienen que ir seis en cada uno”.
El aparcamiento estaba casi a oscuras. Uno de…
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