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Desde su llegada al poder los nazis tuvieron muy claro que había que controlar cualquier tipo de manifestación artística y proscribir todas aquellas que no se ajustaran a sus estrictos parámetros ideológicos. Estas últimas fueron tachadas de “arte degenerado”. La “música degenerada” (entartete musik) englobaba tanto aquella que –como el jazz– consideraban que eran perniciosos ritmos extranjeros que corrompían la pureza del espíritu alemán como la que componían o interpretaban compositores y cantantes de origen judío o de ideas izquierdistas.
Una actuación en un restaurante de Berlín alrededor de 1925. / Getty Images
Compositores (y letristas) de todos los géneros, de cabaret y teatro musical –Ralph Benatzky, Kurt Weill, Friedrich Hollaender, Mischa Spoliansky, Marcellus Schiffer, Rudolf Nelson, Siegwart Ehrlich…– se vieron obligados a exiliarse. Lo mismo, obviamente, sucedió con sus intérpretes. Muchos de ellos optaron por huir de Alemania. La mayoría de los que se quedaron acabaron confinados en los campos…
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